El arte de conectar con el mar.
- 30 jul 2025
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Hay encuentros que no se olvidan.
Y aunque he tenido tantos que perdí la cuenta, hay uno que vive en mí como si hubiera ocurrido ayer.
Era un día tranquilo en la Laguna Ojo de Liebre. El agua en calma, el sol besando la piel, y el cielo despejado como si quisiera presenciar el momento. Se acercó una ballena solitaria, una hembra enorme y gentil. Rodeó nuestra embarcación, saludando a quienes venían conmigo. Pero luego… se detuvo frente a mí.

Alzó su cabeza. Bajé la mía.
Nos miramos.
Sin palabras.
Sin gestos innecesarios.
Solo presencia.
Y en ese instante sagrado, nuestras frentes se tocaron suavemente. Fue casi un abrazo. No fue un gesto impulsivo. No fue por deseo o por mostrar. Fue algo que simplemente ocurrió, como si ambas lo supiéramos desde antes. Como si el mar nos diera permiso.
Sentí su energía atravesarme como una ola invisible. Todo a mi alrededor se desvaneció: las voces, el motor, el tiempo.
Éramos ella y yo, latiendo juntas. Un momento eterno.
Sí, hubo contacto. Pero no fue mío hacia ella. Fue de ella hacia mí.
Y aunque la toqué… fue ella quien me tocó el alma.
Los humanos somos curiosos por naturaleza. Nuestros cinco sentidos están hechos para explorar, para aprender, para conectar. El tacto, en especial, suele ser nuestra forma favorita de demostrar cariño: una caricia, un abrazo, un beso. Desde niños se nos enseña que tocar es amar.
Pero… ¿todas las especies lo sienten igual?
¿Realmente tocamos por amor… o por deseo?
Soñaba con acariciar un tiburón. Lo tuve frente a mí. Tan cerca. Tan perfecto. Pero él no quería ser tocado. Y aunque me quedé con las ganas, supe que lo correcto era solo acompañarlo. Estar. Observar. Agradecer.

No todos los animales marinos perciben el contacto como algo positivo. Algunas especies pueden enfermarse, estresarse o incluso cambiar su comportamiento natural al ser tocadas. Entre las consecuencias están:
Dañar su capa protectora (en peces, pulpos, babosas, etc.).
Provocar abrasiones o heridas en pieles sensibles.
Transmitir bacterias humanas o sustancias químicas.
Alterar su comportamiento social o sus ciclos vitales.
Y quizá lo más delicado: hacer que pierdan el miedo natural al ser humano.
Podríamos pensar: “¡Pero yo no les haría daño!”. Y está bien. Pero no todos somos iguales. Mientras existan prácticas como la caza ilegal de ballenas, la pesca de tiburones por sus aletas o el tráfico de caballitos de mar para decoración, los animales deben poder distinguir entre amenaza y respeto.
No se trata de decir “no toques nunca”. Se trata de aprender a sentir con conciencia.
A veces, el mayor acto de amor es simplemente estar. Observar con atención. Escuchar. Compartir un espacio con humildad.

Cuando dejamos de lado nuestro constante impulso de tocar, los otros sentidos despiertan. Nuestra vista se agudiza. Nuestro oído se afina. Nuestra respiración se sincroniza con el vaivén del mar.
Y sucede algo mágico: tocamos, sin tocar.
Amar al mar también es cuidarlo en nuestra vida diaria. Aquí te comparto algunas formas de demostrar afecto real hacia la vida marina:
Usa bloqueador solar reef safe (seguro para arrecifes).
No saques caracoles ni conchitas (son hogar de muchos seres vivos).
Evita productos tóxicos en casa que puedan acabar en el mar.
Lleva siempre una bolsa para recoger basura al caminar por la playa.
Sé consciente de tus pasos, tu voz, tu huella.
Mi regla de oro para todos mis grupos es: “Toma solo fotografías, deja solo huellas”.
También aplica en el agua!
Así que la próxima vez que te encuentres en el mar, ya sea frente a una ballena, un cangrejo, un pez diminuto o una estrella de mar, tómate un momento.
Respira. Siente el privilegio de estar ahí.
No apresures tus manos. No respondas al impulso automático de tocar.
Observa. Escucha. Conecta.
Y si en ese encuentro nace el contacto —que sea desde la conciencia. Desde el permiso. Desde el respeto.

Con sal en la piel y mirada consciente,
Sirena


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