Latidos de un verano en la Baja.
- 9 jul 2025
- 3 min de lectura
Cada año, apenas el sol empieza a calentar con mas ganas y la brisa se vuelve mas suave, mi cuerpo entero lo sabe: el verano llego!

Y no es cualquier estación...para mi, el verano es una forma de sentir, es mi tiempo de conectar con la naturaleza. Sin duda es mi época favorita. No solo por el clima, aunque debo confesar que amo el calor, el sol sobre mi piel, el bronceado doradito que me deja feliz...sino porque todo parece despertar. El mar se vuelve mas amable, los animalitos se dejan ver con mas frecuencia, y los días se llenan de promesas silenciosas de aventuras increíbles.

Nunca he podido elegir una sola playa favorita, cada una, desde las playas ocupadas de La Paz hasta los rincones sin descubrir de la Pacifico Norte, guarda una parte de mi alma, una historia, recuerdos y magia propia. Algunas me hacen sentir en casa, otras me recuerdan lo vasto que es nuestro mundo. Pero todas tienen ese algo indescriptible que solo las playas de la Baja pueden darte.
Somos gente de mar.
El verano huele a sal y a sargazo, sabe a sashimi
fresco compartido con los amigos que se reencuentran después de una larga ausencia al atardecer, dejando que la tarde se deslice con la misma calma con la que el mar abraza la orilla de las lagunas. Significa volver a nuestra infancia para reírnos, salir a pescar y compartir momentos de música, chistes y aventuras que no se acaban hasta que el sol se esconde y las estrellas nos encuentran descalzos, con el cabello enredado por la brisa marina, llenos de arena y con una sonrisa tatuada en el rostro
al llegar a casa.

Pero más allá de los colores brillantes, el calor delicioso y los días largos, creo que el verano también puede ser un recordatorio: que la forma en que viajamos importa.
Hoy en día, cuando todo parece estar al alcance con solo dar clic, cuando las fotos de paisajes se multiplican en redes sociales, es fácil olvidar que la naturaleza no esta ahí solo para decorar nuestro feed. La naturaleza es algo vivo. Siente. Se cansa. Y hoy más que nunca necesitamos experiencias que nazcan desde el amor por la tierra, no desde el deseo de explotarla. Que quienes comparten sus gemas naturales lo hagan con un respeto que va más allá de las cámaras, más allá de las sonrisas para el turista. Que lo hagan porque verdaderamente sienten ese vínculo con la naturaleza, porque su vida cotidiana también refleja esos valores. Eso —la coherencia, el cuidado auténtico— es lo que marca la diferencia.

En esta parte de Baja, en rincones donde el océano y el desierto se abrazan, todavía existen experiencias así. Aventuras pequeñas, íntimas, tejidas con las manos de quienes crecimos entre las olas y los matorrales; crecimos sintiendo la sal en el aire, aprendiendo a leer el viento, las nubes y las mareas antes que cualquier libro.
Y si tengo un deseo para ti este verano, es que encuentres una de esas aventuras. Que salgas a explorar con los ojos abiertos y el corazón dispuesto a recibir lo que la naturaleza te ofrece. Que sientas. Que te sumerjas con el corazón y la mente abierta, que escuches el silencio del amanecer y el estruendo del mar cuando choca con la orilla, que camines lento y prestes atención y que cuando vuelvas a casa lo hagas con el cuerpo cansado, el alma feliz y la certeza de que puedes hacer una diferencia —aunque sea pequeña— en el mundo natural.
Porque sí, viajar también puede ser una forma de cuidar. Porque cuando viajamos con el alma, el verano no solo se vive. Se queda latiendo dentro de ti.
Y aquí, bajo este sol, entre la sal y el canto de los pájaros, te está esperando una nueva forma de sentir esta época tan hermosa.
Con amor, sal en la piel y una sonrisa salada,
Sirena


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