Pequeños encuentros, grandes transformaciones.
- 1 jul 2025
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Actualizado: 9 jul 2025
No sabría decirte cuál fue el momento exacto en que me transformé. Tal vez porque no fue uno solo, sino una serie de encuentros —silenciosos, profundos, inevitables— que me han ido moldeando poco a poco, como el mar a las piedras.
Cada vez que estoy cerca de una ballena, algo dentro de mí se acomoda. Cada aleta, cada soplido, cada mirada, es una reafirmación de que este amor que siento por el mar no solo es real, es antiguo. Pero hay experiencias que, aunque diferentes, llegan igual de profundo. Como aquella primera vez que estuve en el agua con un tiburón ballena.

Estábamos en Bahía de los Ángeles, uno de esos rincones sagrados de la península que aún se sienten intactos. La bahía era calma y cálida, rodeada de islas llenas de vida: aves, tortugas, mantarrayas, peces y lobos marinos. Pero ese día, la joya nos esperaba bajo la superficie.
Desde la panga vimos su silueta y nos lanzamos al agua. Al caer, giré la cabeza… y ahí estaba. El animal más grande que había visto nadando hacia mí.
Su cuerpo parecía un cielo estrellado —salpicado de puntos blancos que brillaban bajo el sol filtrado del mar. No hizo falta tocarlo para sentirme tocada por completo. Nadamos juntos unos diez minutos, en una danza silenciosa donde no existían palabras, solo presencia.
No fue una conexión como las que tengo con las ballenas grises, con quienes siento un lazo de otras vidas. Pero sí fue un recordatorio claro: estaba en el lugar correcto, en el momento perfecto.
Eso me pasa cada vez que me acerco a la naturaleza. La primera vez que nadé con delfines fue igual. Pude haberme quedado ahí para siempre.
No se trata de cambiar. Se trata de recordar. Y cada encuentro me recuerda que cuando estoy bajo el agua, estoy en casa. Soy una sirena volviendo a su lugar feliz.
Creo que es una conexión ancestral. La energía que fluye de la tierra y del mar nunca cesa, pero hemos aprendido a ignorarla. Nos hemos hecho duros, hemos creado una carcasa. Y cuando por fin nos detenemos a sentir de nuevo, todo se reacomoda. Empieza una transformación silenciosa, pero poderosa.

Cada vez que camino descalza siento que mis raíces se nutren. Cada vez que me sumerjo, siento que mi corazón se abre. El susurro del viento me da consejos. La luna me visita en los sueños.
Los animales me enseñan sin hablar. Las montañas guardan nuestras historias. Las plantas nos ofrecen medicina sin pedir nada a cambio. He aprendido a detenerme. A observar. A dejarme tocar por cada canto de ave, cada red de araña, cada destello en el agua.
Una vez, en una caminata cerca del rancho Piedra Blanca, me detuve bajo la sombra de un cardón gigante. Sus brazos se alzaban al cielo como si estuviera haciendo una plegaria silenciosa.
(Los cardones pueden tardar entre 50 y 100 años en desarrollar un solo brazo. Ese cactus era un anciano. Un guardián.)
Me quedé ahí con él. Alcé mis brazos también, como si me uniera a su oración. Y al final, lo abracé. Como a un abuelo. Como a un secreto.
Pero a veces, lo que más me toca no es lo que yo vivo… sino lo que veo en otras personas.

Durante un paseo de avistamiento de ballenas, una mujer viajaba en silencio. La observé desde lejos, seria, introspectiva. Me pregunté cuál sería su historia. Y entonces, una ballena se acercó. Nado directo hacia ella, se puso de lado… y simplemente la observó.
Se quedaron mirándose. Y ahí ocurrió. Una conexión tan clara, tan pura, que me quitó el aliento.
Ella bajó la mano. La ballena emergió. Una caricia breve, suave, eterna.
Cuando la mujer volteó a verme, ya tenía las lágrimas corriendo por sus mejillas. Me sonrió y solo dijo: “gracias”.
Después me contó que había hecho su primer viaje con su esposo, quien había fallecido antes de poder regresar. Ella había venido sola esta vez, solo para honrarlo. Y la ballena, sin saberlo, le dio un regalo que no tiene precio.
Esos son los momentos que me recuerdan por qué hago lo que hago. Porque sé que no soy la única que necesita volver a casa. Solo que, a veces, necesitamos ayuda para encontrar el camino.
Hay quienes creen que para vivir algo transformador necesitas viajar lejos, escalar montañas o atravesar océanos. Pero yo creo que basta con detenerte. Respirar. Mirar con atención lo que siempre ha estado ahí.
A veces es una ballena que se te queda viendo. A veces es un cactus que ha vivido más que tus abuelos. A veces eres tú, dándote permiso de sentir.
La naturaleza no necesita traductores. Solo presencia.
Y si un día decides acercarte a ella con el corazón abierto, quizá también te devuelva la mirada. Y en ese instante —sin palabras, sin filtros, sin prisa—algo en ti cambiará para siempre. O más bien… algo despertará. Algo que siempre fue tuyo.
Yo he tenido la suerte de vivir muchas de estas experiencias…Y también tengo la suerte de compartirlas con quien se sienta llamado.
Si alguna vez sueñas con mirar a una ballena a los ojos, o caminar entre cactus como si fueran ancestros, o nadar con un tiburón con piel estrellada sin sentir miedo…
Aquí estaré.
La Baja tiene regalos para todos.
Solo hay que saber mirar.
Con amor, magia en el corazón y sal en la piel.
— Sirena


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